Desde que me dispuse a ver la trilogía de Kieslowski de los famosos tres colores, me quedé pensando en la importancia de ver cada una de sus partes como un ente individual y no como la suma de ellas, quizá porque nunca vi la trilogía completa o porque el poco tiempo libre del que dispongo para ver cine y escribir me permite avanzar de manera paulatina, quizá cuando termine de verlas pueda formar conjeturas sobre el significado del todo, pero por ahora solo hablaré de una y esa es Blue (1994), protagonizada por Juliette Binoche.
Como muchas de las cosas que he postergado durante gran parte de mi vida, el ver esta cinta (si ya se que no aplica el término hoy en día, pero en su momento era cinta) es una de esas cosas que probablemente no hubiera entendido del todo o apreciado como lo hago con mi cosmovisión actual. Y es que la complejidad de las emociones mostradas en pantalla distan mucho de lo que pudiera percibir y comprender hace unos 15 años.
Blue nos cuenta la historia de Julie, una mujer que tras la trágica muerte de su esposo y su hija lo pierde todo, sin embargo, encuentra la oportunidad de crear una nueva vida a partir de ese suceso. Y claro que el proceso no es algo fácil, es complejo, doloroso y finalmente catártico, con una cruda realidad retratada bajo el lente melancólico de Kieslowski y una actuación magistral por parte de Binoche que logra capturar y hacernos sentir toda esa gama emocional con diálogos mínimos pero significativos, donde cada gesto, mirada e inflexión en la respiración es indicativo de algo superior.
Un proceso de duelo que como el título de la película es entintado del color azul. Un color que simboliza no solo tristeza, melancolía y nostalgia, si no la intención del director también es la representación de la libertad, si puede ser que sea a causa de un suceso trágico pero, ¿qué suceso en la historia de la humanidad digno de liberar, ya sea una nación, un pueblo, o a uno mismo, no va precedido de una tragedia? ¿de dolor? ¿de sufrimiento? Quizá es el motivo por el cual Kieslowski eligió este color para esta historia, quizá es algo tan simple como una alegoría a la revolución francesa. No lo sé, no soy experto. Yo mismo me he liberado de la pretención de la necesidad de demostrar saber todo sobre el tema que ahora escribo, y si, es liberador poder escribir de esta manera. Lo mismo se ve representado en pantalla en la mano de sus creadores.
La cinta nos muestra el viaje de Julie hacia esa liberación, con la incertidumbre que inciar de cero representa,las decisiones que deben tomarse en pos de la autenticidad y autodescubrimiento, lo que perder todo implica para reinventarse, una segunda oportunidad.
En un nivel técnico hay poco que pueda aportar ya que por algo es considerada como una de las grandes cintas contemporáneas, la fotografía a manos de Slawomir Idziak es impecable y la manera en que integra el color azul en cada escena es impecable, siempre cargado de simbolismo sin perder la esteticidad que captura nuestra mirada.
El incesante juego de luces y técnicas nos sumergen y nos hacen sentir lo mismo que la protagonista conforme vamos avanzando. Kieslowski se dedica a examinar la naturaleza humana y ningún detalle es demasiado pequeño o carece de significado, llevándonos de la mano con Julie en una travesía que al final nos hace sentir... libres.
Texto originalmente publicado en CRONICASDELPORTAZO


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